Hola, Madrid.

2 años después nos volvemos a ver, pensaba mientras miraba por la ventana del aula de clases, jamás imaginé que ese edificio por el cual tenía que pasar todos los días durante un mes, la última vez que estuve aquí, se convertiría en mi nuevo espacio de aprendizaje. Ahora yo estaba del otro lado y veía a la gente caminar desde la distancia. Me reí bajito y volví a prestar atención a clases. Solo 2 semanas para resumir 6 meses de trabajar en línea no sería tarea fácil, un programa extenso y sin muchos descansos incluidos pero bueno, a eso vinimos a Madrid, a aprender, debatir, a pensar. 6 Nacionalidades en una misma sala, distintos sectores laborales y muchos años de experiencia acumulados, diferencias que convergían en aquel master que nos unió y afianzó nuestro interés por explorar de forma estratégica el Desarrollo Sostenible y la Responsabilidad Corporativa.

Pero bueno, de las clases les cuento luego, difícil resumirles lo que yo todavía estoy resumiendo en mi cabeza. Mejor hablamos de Madrid, sus calles, su gente y sus rincones. Mejor les cuento de esa ciudad en la que siempre me siento bienvenida.

Volvamos al principio.

Yo y mi manía de llegar tan a tiempo, pensaba mientras me abría paso entre las hileras de asiento vacías de la sala de espera del aeropuerto. Afuera se hacía de noche, Santo Domingo me despedía con el cielo despejado y un sol que se esconde sin hacer mucho ruido. El vuelo fue bueno, sin embargo, por más que traté de conciliar el sueño no se me hizo tan fácil, envidié muchas veces la facilidad con la que el misionero americano que se sentó a mi lado dormía profundo y se levantaba justo 10 minutos antes de que fuéramos a comer. Parecía tener un despertador interno sincronizado con el de las azafatas. Americanos.

A las 10:00 de la mañana hora española tocamos tierra, que pequeño se nos hace el mundo desde un avión de repente todo parece tan cerca, tan posible, tan conectado, hasta te crees el cuento de que las nubes son de algodón y pegas tu mano contra la ventana tratando en vano de sentirlas, de llevarte un pedacito como recuerdo.

Llegamos, llegamos, llegué. Con maleta en mano y mochila al hombro caminé hasta la estación de tren, en mi mente iban pasando imágenes de un Madrid que tiene su musiquita por dentro y la emoción me daban ganas de ponerme a correr. Pero bueno, primero tenía que llegar al hotel y mi celular estaba descargado, necesitaba un mapa y encontrar la libreta dónde anoté la dirección exacta. Que empiece la aventura, pensé, y me detuve frente a un señor que tocaba un extraño instrumento en una de las estaciones.

Por alguna razón confié en mi intuición, parece que mi sentido geográfico no estaba tan mal después de todo. Exceptuando el momento en que me confié demasiado y salí por la parte de atrás de la estación Príncipe Pío. Imaginen mi sorpresa al encontrarme con una calle solitaria, adornada por graffiti y tiendas cerradas. ¿Dónde estoy? Le pregunté al aire mientras agarraba con fuerza el mango de mi maleta grande de casi 50 libras y con la otra mano sostenía la de mano con todos mis “tesoros”. Menos mal que a plena luz del día los miedos se disipan un poco. Luego de recuperar la compostura y evaluar la posibilidad de que realmente estuviera perdida seguí caminando, mientras la voz de mi mamá me repetía en la cabeza “Te dije que te fueras en taxi”, pero es que bueno, dónde está la emoción ahí. No debía estar tan lejos… caminé por unos minutos, le pregunté a unas señoras y finalmente lo vi, nunca me había alegrado tanto en ver el letrero de un hotel, mi lugar de destino. Al fin. Llegué.

Me registré, subí el ascensor hasta la séptima planta y al fondo del pasillo encontré mi pedacito de hogar lejos de casa. 709, colgaba el número en la puerta. Entré y abrí las cortinas. Me gusta la vista, me gusta.

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Sin dormir, sin comer pero lista para seguir. Un baño rápido, cargar el celular y acceder al wifi para coordinar con Marihela y Evelyn, mis amigas Hondureñas que ya se encontraban del otro lado.

Debía llegar a Gran Vía, ahí quedamos de encontrarnos, así que con la brisa fresca de una primavera que apenas se asoma empecé a caminar. Llegué al palacio real y me senté a escribir estas líneas en una de sus banquetas. Me senté a respirar, a observar y escribir. Que rico. Mientras cerca de mi un hombre hacía burbujas gigantes, niños corrían y otras personas simplemente se limitaban a descansar en la grama. Era domingo, el sol estaba afuera y hacia buen clima ¿Qué más se puede pedir? Comida. Así que recordé que debía llegar al punto de encuentro, comer y aprovechar el resto del Domingo.

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Llego el lunes, y por fin nos vimos todos en el lobby del hotel. Y a sí, a lo que vinimos. Las semanas intensas no nos permitieron hacer mucho aparte de estudiar, así que me saltaré esa parte y para retomarla después.

El sábado empezó en alpargaterías, cómo estar en Madrid y no llevarse un par. Cosidas a mano, de muchos colores, con detalles en la tela y la palabra comodidad impregnada en cada uno de los hilos con que fueron hechas. Seguimos la ruta hasta que tocó hacer una parada técnica en el mercado de San Idelfonso.

2 Crepes rellenas de nutella y fresas y un tinto de verano, porfavor. Las voces de la gente se mezclaban con la música del lugar y hacían una agradable sinfonía con intervalos de risa y asentir con la cabeza. Estar entre tanta gente que no conoces mientras sostienes una conversación sustancial con nuevas amigas tiene su encanto. Su magia.

Entonces llego el Domingo, un poco más de las 12, esa hora del día donde las sombras se esconden un rato. Llevaba un sombrero de lana rosada y la brisa fresca de la primavera Europea se mezclaba con el olor a churros y pan recién horneado. Había gente, mucha gente, que se iban abriendo paso entre los módulos llenos de cosas innecesarias que alguna vez pertenecieron a otras personas. El mercado del Rastro, le dicen. Seguí caminando, como si supiera a dónde ir. Hasta que lo vi, frente a frente, haciéndome una invitación a descubrirlo, a tocar con la yema de mis dedos su portada dónde un 1971 en letras plateadas se imponía. Eran notas, pero no las mías. Me sentí como una intrusa que de repente ha encontrado un portal con destino al pasado y sin preguntar mucho se adentra. Eran los confines de una mente ajena, y yo estaba ahí.

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La voz de María Inés, con su marcado acento argentino me trajo de vuelta. ¿Cuanto es? Le pregunté al señor de aspecto cansado que me observaba desde hace rato detrás de la mesa. -4 euros – respondió. Le pasé 2 monedas y me fui. ¿4 euros? Que relativo el valor que le damos a las cosas cuando no son nuestras, que fácil se nos hace ponerle precio a lo que no conocemos, lo que no nos hace falta. Lo que se limita al valor material que representa. Y ya.

Seguimos caminando, mucha gente en poco espacio. El aire se hacia denso y los caminos cada vez más estrechos. Una vez dejamos el mercado atrás el sol volvió a brillar con más intensidad, entonces tropezamos un la manifestación del arte y la cultura. Un chotín, me dijeron que se llama, para mí fue un poquito más, estos bailarines que salieron de la nada nos deleitaron con una presentación de primera, había vocación y pasión en cada uno de sus pasos y una complicidad con la pareja de baile que por momentos nos hacían sentir infiltrados en un baile íntimo que tomaba lugar en la sala de su casa.

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Llegamos al Retiro, justo a tiempo para escapar un rato y despejar la mente, o para llenarla de nuevos pensamientos e ideas, para dejarnos caer en la alfombra verde con flores blancas, para hacer una pausa, un merecido descanso. No sin antes subir la cuesta y pararnos en cada uno de los kioscos llenos de libros usados que eran vendidos en  10, 5 y hasta 3 euros. Seguro algo así tiene la puerta de la entrada al paraíso.

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[…Continuará 1/3]

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